#ContextoSociológico: ‘Derechos Humanos para radicalizar la democracia’

Luis Fernando García Abusaíd

¿Qué resta de la utopía socialista, después de la caída del Muro de Berlín (1989) y de la desintegración de la Unión de Repúblicas Soviético Socialistas (1991)?

¿Qué queda de esa utopía ensangrentada con la vida de millones de personas?

¿A qué fue reducida esa sociedad de futuro, pensada a imagen y semejanza de la mejor versión del hombre? Fue circunscrita a una temerosa democracia montada -a pelo- sobre un desbocado capitalismo salvaje.

¿Cuál ha sido el resultado de este galopar frenético? La democracia no ha soportado la rudeza de una economía más preocupada por someterla a sus intereses silvestres.

Por eso, su democrática cabeza da vueltas; mientras su cintura, sus nalgas y sus piernas sufren: Durante los últimos 10 años, los países libres han disminuido de 46.1% a 44.1%; mientras los países no libres han incrementado de 21.8% a 25.6% (Freedom House Report 2019).

El apoyo por la democracia en América Latina ha decaído de manera abrupta las últimas dos décadas, hasta alcanzar un 48%; mientras, la satisfacción promedio con la economía de 2002 a 2018, apenas llega a 23.7% en nuestro continente (Latinobarómetro: 2019).

¿Cuáles son los efectos de ese desencanto con la democracia ante una economía sin freno?

El surgimiento de gobiernos populistas con tendencias autoritarias. Y una ciudadanía reducida a su mínima expresión, porque como lo explica, Dominque Rousseau, «la fusión del ciudadano en el representante (diputado y senador) ha producido la ausencia y el silencio de los ciudadanos». Y de esta manera, «ha ahogado la democracia en el voto».

¿Cómo radicalizar la democracia y volver al ciudadano? Más allá de su dimensión operativa, vía la democracia directa, hay que ligar de manera transversal toda lucha política a la defensa irrestricta de los Derechos Humanos.

De esta manera, alianzas y coaliciones podrían gestarse para sumar grupos y agendas hoy separados: ambientalistas con mujeres, corrupción, salud, educación, trabajo, vivienda digna, etcétera.

Sólo así, podremos radicalizar la democracia.

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