ENTRE LÍNEAS. La necesaria ironía de Jorge Ibargüengoitia

Jorge Ibargüengoitia

Irónico, crítico y dueño de un peculiar humor narrativo, Jorge Ibargüengoitia dedicó su obra a satirizar los usos y costumbres de la política y la vida del mexicano. Cultivó principalmente el cuento, la novela y la dramaturgia, aunque durante décadas se avocó al periodismo, como columnista de Excélsior y la revista Vuelta. Ibargüengoitia nació en Guanajuato el 22 de enero de 1928.

En 1962, publicó la obra teatral “El atentado”, con la que ganó el Premio Casa de las Américas. “Los relámpagos de agosto”, de 1964, fue su primera novela y, con ella, afianzó esa prosa burlesca que caracterizó su estilo. Se trata de una farsa feroz acerca de la última fase de la Revolución mexicana y de la conformación de la clase político-militar mexicana.

Los relámpagos de Agosto.

¿Por dónde empezar? A nadie le importa en dónde nací, ni quiénes fueron mis padres, ni cuántos años estudié, ni por qué razón me nombraron Secretario Particular de la Presidencia; sin embargo, quiero dejar bien claro que no nací en un petate, como dice Artajo, ni mi madre fue prostituta, como han insinuado algunos, ni es verdad que nunca haya pisado una escuela, puesto que terminé la Primaria hasta con elogios de los maestros; en cuanto al puesto de Secretario Particular de la Presidencia de la República, me lo ofrecieron en consideración de mis méritos personales, entre los cuales se cuentan mi refinada educación que siempre causa admiración y envidia, mi honradez a toda prueba, que en ocasiones llegó a acarrearme dificultades con la Policía, mi inteligencia despierta, y sobre todo, mi simpatía personal, que para muchas personas envidiosas resulta insoportable. Baste apuntar que a los treinta y ocho años, precisamente cuando se apagó mi estrella, ostentando el grado de General Brigadier y el mando del 45° Regimiento de Caballería, disfrutaba yo de las delicias de la paz hogareña, acompañado de mi señora esposa (Matilde) y de la numerosa prole que entre los dos hemos procreado, cuando recibí una carta que guardo hasta la fecha y que decía así:

Querido Lupe:

Como te habrás enterado por los periódicos, gané las elecciones por una mayoría aplastante. Creo que esto es uno de los grandes triunfos de la Revolución. Como quien dice, estoy otra vez en el candelero. Vente a México lo más pronto que puedas para que platiquemos. Quiero que te encargues de mi Secretaría Particular.

Marcos González, General de Div.

Como se comprenderá me desprendí inmediatamente de los brazos de mi señora esposa, dije adiós a la prole, dejé la paz hogareña y me dirigí al Casino a festejar.

No vaya a pensarse que el mejoramiento de mi posición era el motivo de mi alegría (aunque hay que admitir que de Comandante del 45° Regimiento a Secretario de la Presidencia hay un buen paso), pues siempre me he distinguido por mi desinterés. No, señor. En realidad, lo que mayor satisfacción me daba es que por fin mis méritos iban a ser reconocidos de una manera oficial. Le contesté a González telegráficamente lo que siempre se dice en estos casos, que siempre es muy cierto: “En este puesto podré colaborar de una manera más efectiva para alcanzar los fines que persigue la Revolución”.

Como cuentista, publicó La ley de Herodes, de 1967. Otras obras importantes fueron las novelas Maten al león (1969), Estas ruinas que ves (1975), Las muertas (1977), Dos crímenes (1979) y Los pasos de López (1982), además de los volúmenes recopilatorios de sus artículos publicados básicamente en Excélsior y Vuelta. De entre estos destacan Viajes a la América ignota (1972), Sálvese quien pueda (1975), Autopsias rápidas (1988) e Instrucciones para vivir en México (1990).

Estas ruinas que ves.

Por estar la ciudad en cañada y por ser las lluvias poco frecuentes, pero torrenciales, los recuerdos más vividos que conserva la memoria comunal son de inundaciones o de sequías. A la incidencia de estos fenómenos se debe que todas las obras ingenieriles que se han hecho en Cuévano y sus alrededores tengan que ver con agua: la presa de las Siete Palabras, por ejemplo, fue construida para dar de beber a la población, la de los Atribulados y la de los Tepozanes lo fueron para evitar que se ahogara, lo mismo que el túnel de la Marranilla y el canal de la Hedionda.

Como el agua de las Siete Palabras llegaba a las casas con tinte rojizo en el invierno,

hubo necesidad de construir los filtros de Santa Gertrudis, que a pesar de ser monumentales nunca llegaron a dar agua clara. Cuando esto ocurrió los habitantes de Cuévano, que siempre han sacado de la resignación partido, dijeron:

—¿Para qué hacen filtros, si todos sabemos que el agua de aquí es colorada?

La ciudad está entre cerros, de los cuales, el más importante es el Cimarrón, que es distintivo de Cuévano. Los que nacieron allí y salen de viaje, saben, al regresar, que van acercándose a su ciudad natal al ver la cresta del Cimarrón, que se distingue desde el Plan de Abajo, a cuarenta kilómetros de distancia. Esta visión produce en los cuevanenses emociones profundas y variadas. A unos se les llenan los ojos de lágrimas, a otros el corazón les da brincos de alegría, otros, en cambio, aseguran que se les pone como puño cerrado, pero todos se vuelven lapidarios, y dicen cosas como: “En México no soy nadie, en Cuévano, en cambio, hasta los perros me conocen”.

Ibargüengoitia se casó con la pintora inglesa Joy Laville, con quien se mudó a París. El escritor falleció trágica y, a la vez, irónicamente, tras aceptar de última hora una invitación para participar en un encuentro literario en Bogotá, Colombia. El avión que abordó el guanajuatense se estrelló en Mejorada del Campo, Madrid el 27 de noviembre de 1983; en el accidente hubo 181 fallecidos y sólo 11 sobrevivientes. Ibargüengoitia llevaba el manuscrito de una novela inédita, que se consumió junto a él.

 

 

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