ENTRE LÍNEAS. Nadia Murad y su lucha contra la esclavitud sexual

Nadia Murad y su lucha contra la esclavitud sexual

«La violación ha sido usada a lo largo de la historia como arma de guerra. Nunca pensé que podría llegar a tener algo en común con mujeres de Ruanda. Antes de todo esto, ni siquiera sabía que existía un país llamado Ruanda. Y ahora estoy vinculada a ellas de la peor manera posible, como una víctima de un crimen de guerra del que es tan difícil hablar que nadie en el mundo había sido condenado hasta sólo 16 años antes de la llegada de ISIS a Sinjar».

Este es parte del testimonio de la joven yazidí Nadia Murad quien, junto al ginecólogo congoleño Denis Mukwege, fue condecorada con el Premio Nobel de la Paz 2018 por su lucha en contra de la violencia sexual. Al médico africano le llaman “El doctor milagro” por su capacidad para reparar, mediante la cirugía reconstructiva, el daño infligido a las mujeres que han sido violadas.

En el caso de Nadia, ella ha sido una víctima sistemática; cuando tenía 21 años, en 2014, fue raptada junto a otras mujeres de su aldea para convertirse en esclavas sexuales de los militantes del Estado Islámico.

Después de lograr huír del cautivero, se convirtió en activista por los derechos humanos y con su libro “Yo seré la última”, sigue levantando la voz. Desde el prólogo del libro, la célebre abrogada Amal Clooney, ya expone el dramatismo de la historia de Nadia:

En 2014, el Estado Islámico (EI) atacó la aldea de Nadia en Irak, y su vida como estudiante de veintiún años quedó destrozada. Se vio obligada a contemplar cómo su madre y sus hermanos se encaminaban hacia la muerte. La propia Nadia pasó de mano en mano, como una mercancía, entre los combatientes del EI. La obligaron a rezar, la obligaron a vestirse y maquillarse como preparación para su violación, y una noche fue víctima de abusos sexuales por parte de un grupo de hombres hasta quedar inconsciente. Me enseñó las cicatrices de quemaduras de cigarrillos y golpes. Y me contó que, a lo largo de toda aquella terrible experiencia, los militantes del EI la llamaban «sucia infiel» y alardeaban de cómo sometían a las mujeres yazidíes y borraban su religión del mapa.

Nadia fue una de las miles de yazidíes raptadas por el EI y vendidas en mercados y en Facebook, a veces por la ínfima suma de veinte dólares. La madre de Nadia fue una de las ochenta mujeres mayores a las que ejecutaron y enterraron en una fosa común. Seis de sus hermanos se contaron entre los centenares de hombres a los que asesinaron en un solo día.

Lo que Nadia me relataba es un genocidio. Y el genocidio no sucede por casualidad. Requiere planificación. Antes de que se iniciara dicho exterminio, el Departamento de Investigación y Fatuas del EI estudió a los yazidíes y llegó a la conclusión de que, como grupo kurdoparlante que carecía de libro sagrado, eran no creyentes cuya esclavización constituía un «aspecto establecido firmemente por la sharia». Esta es la razón, según la retorcida moral del EI, por la que las yazidíes —a diferencia de las cristianas, chiíes y otras mujeres— pueden ser violadas de forma sistemática. De hecho, se convertiría en una de las maneras más efectivas de destruirlas.

«Mi historia, contada honestamente, es la mejor arma que tengo contra el terrorismo, y planeo usarla hasta que esos terroristas sean llevados a juicio (…) Quiero ver a los ojos de los hombres que me violaron y observarlos sometiéndose ante la Justicia. Más que cualquier otra cosa, quiero ser la última chica en el mundo con una historia como la mía», continúa el relato.

Nadia Murad, quien ya había sido nombrada Embajadora de Buena Voluntad de las Naciones Unidas y había recibido los premios Vaclav Havel de Derechos Humanos del Consejo de Europa y el Sájarov a la Libertad de Conciencia, es una de las 3.000 niñas y mujeres yazidíes que fueron esclavizadas por el ISIS tanto en Siria como en Irak.

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