Memoria, no olvido

 

Distinto a lo que ocurre en otras ciudades mexicanas, Torreón no nace a partir de una fundación por parte de colonizadores hispánicos. Tampoco proviene de antiguas poblaciones indígenas. Nuestra ciudad surge como producto de un proyecto moderno de progreso. El ferrocarril llegó a la Villa de Torreón en 1883 y para 1888 se habían trazado los primeros planos de un incipiente pero importante asentamiento urbano.

Comenzó así un periodo de auge y rápido crecimiento. Para 1892 Torreón contaba con sólo 200 habitantes, 3 años más tarde tenía ya 5 mil y para 1900 habían 15 mil 500 pobladores en la localidad. Desde sus inicios, la ciudad vino marcada por un espíritu emprendedor que se reflejó en sus industrias. Mientras crecían los sembradíos de algodón, surgieron también fábricas de hilos y tejidos, así como de aceites y jabones. Para 1890 se fundó la Compañía Metalúrgica de Torreón y ya para principios del siglo XX la ciudad contaba con compañía eléctrica y más de 10 bancos.

Ahora bien, es lógico que las colonias más tradicionales como Torreón Viejo, Alianza, de los Fierreros, La Paloma, Primer Cuadro, Mercado Juárez, de los Palacios, Mercado Villa, Rayón y Alameda sean también las que más hayan sufrido los embates del tiempo. Lo que sí nos debe extrañar es que eso ocurra ante nuestros ojos sin que se lleve a cabo una gran movilización para el rescate del centro histórico. Es ineludible reavivar las distintas zonas para que un mayor flujo de transeúntes impulse la economía local.

Por ello, más allá de paños calientes, es necesario un macro proyecto integrador de mejoramiento de banquetas, instalación de mobiliario urbano y señalética, arborización, restauración de edificios históricos, entre otras cosas. Ya el Implan cuenta con un largo camino recorrido a partir de la participación popular de los torreonenses. De modo tal que, más que comenzar de cero, se trata en muchos casos de proceder a la implementación.

Definitivamente, amigo radioescucha, es posible que el origen ferroviario de la ciudad le haya impreso un cierto aire de transición. Un sentido como de estar aquí de tránsito, así como ocurre cuando se pasa por una terminal o un aeropuerto. Sin embargo, es tiempo de hacer conciencia en torno a la necesidad de sembrar raíces en Torreón y la Laguna. Para ello es preciso volver al centro histórico del que provenimos. Cuidarlo, rescatarlo e incluso habitarlo. El nuevo Torreón debe nacer desde la memoria del viejo, nunca de su olvido.

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