Cuando el futbol deja de ser solamente futbol

 

El Mundial de Futbol suele presentarse como una celebración capaz de reunir a millones de personas alrededor de una cancha. Sin embargo, la edición de 2026 ha confirmado que, detrás de los goles, las banderas y la emoción, también operan enormes intereses económicos, políticos y mediáticos. Las polémicas han acompañado al torneo: decisiones arbitrales discutidas, actuaciones controvertidas del VAR, nuevas reglas disciplinarias, acusaciones de favoritismo y dificultades migratorias para algunas delegaciones. Nada de esto resulta completamente nuevo en una competencia de semejante magnitud, pero las redes sociales han conseguido multiplicar cada inconformidad, convertir cualquier jugada en una batalla internacional y llevar las discusiones deportivas hasta terrenos donde predominan la sospecha, la descalificación y, en ocasiones, el odio.

El caso del delantero estadounidense Folarin Balogun es quizá el ejemplo más delicado. Después de recibir una tarjeta roja, la FIFA suspendió la ejecución de su castigo y le permitió disputar la siguiente fase, luego de que el presidente Donald Trump reconociera haber hablado con Gianni Infantino sobre el asunto. La diferencia respecto de otras sanciones provocó cuestionamientos de árbitros, federaciones y comentaristas, no solamente por la decisión, sino por la falta de una explicación suficientemente transparente. Cuando una autoridad política interviene, o parece intervenir, en una resolución deportiva, queda inevitablemente dañada la confianza. No importa incluso si existían elementos reglamentarios para reducir el castigo: las instituciones deben demostrar que las normas se aplican por igual y que ninguna selección recibe privilegios por representar al país más poderoso, al anfitrión o al mercado económicamente más atractivo.

También ha causado controversia la regla que permite expulsar a los jugadores que se cubren la boca mientras intercambian palabras con un rival, medida creada para combatir expresiones discriminatorias difíciles de identificar. Su propósito puede resultar comprensible, pero su aplicación ha generado dudas, porque sancionar un gesto sin conocer con certeza las palabras pronunciadas puede abrir la puerta a interpretaciones excesivas. Algo semejante ocurre con el VAR. La tecnología fue introducida para reducir los errores evidentes, pero no ha eliminado las controversias; solamente las ha trasladado de la apreciación del árbitro a la interpretación de imágenes, líneas y repeticiones. Los goles anulados por posiciones milimétricas y los posibles penales revisados una y otra vez producen una extraña paradoja: mientras más herramientas existen para alcanzar decisiones justas, mayor parece ser la desconfianza de aficionados y selecciones hacia quienes las utilizan.

A estas discusiones se agregan las acusaciones de favoritismo hacia determinadas selecciones o figuras, especialmente Argentina y Lionel Messi. Algunas críticas pueden estar justificadas; otras nacen simplemente de la frustración que acompaña a una derrota. El problema es que las redes sociales favorecen las afirmaciones categóricas, las conspiraciones y los insultos antes que el análisis sereno. Además, el campeonato no ha podido aislarse de los conflictos geopolíticos. Las restricciones migratorias, las visas negadas o retrasadas y las tensiones que rodearon a la delegación iraní demostraron que ni siquiera el mayor espectáculo deportivo del planeta puede mantenerse completamente al margen de las disputas entre gobiernos. El futbol puede tender puentes entre sociedades diferentes, pero también puede convertirse en escenario para exhibir desigualdades, nacionalismos agresivos y conflictos que comenzaron mucho antes de que el balón rodara.

Definitivamente, amigo radioescucha, las polémicas forman parte del futbol porque el futbol está hecho de decisiones humanas, intereses económicos, identidades nacionales y pasiones difíciles de contener. Debemos exigir arbitrajes confiables, reglas claras, sanciones iguales para todos y una FIFA capaz de actuar con independencia y transparencia. Pero también corresponde a los aficionados recordar que ningún resultado justifica la violencia, el racismo, la xenofobia o el desprecio hacia quien apoya una camiseta diferente. Un Mundial debería permitirnos convivir en medio de nuestras diferencias, reconocer el talento del adversario y disfrutar de una competencia que, al terminar los noventa minutos, sigue siendo solamente un juego. Cuando convertimos una derrota en odio, una decisión arbitral en conspiración absoluta o una rivalidad deportiva en enemistad entre pueblos, dejamos de celebrar el futbol y comenzamos a utilizarlo como pretexto para mostrar nuestros impulsos más negativos.



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