Cuando la corrupción erosiona la democracia

 

Casos como el de Rubén Rocha Moya no sólo golpean la imagen de un partido político, sino que terminan afectando algo mucho más profundo: la confianza de la ciudadanía en la democracia misma. Cada escándalo, cada señal de impunidad, cada defensa automática desde el poder, envía un mensaje devastador: que la política es un espacio donde las reglas no aplican de la misma manera. Y cuando esa percepción se normaliza, el daño ya no es coyuntural, sino estructural. La democracia, que depende de la credibilidad de sus actores, comienza a erosionarse desde dentro, no por ataques externos, sino por la conducta de quienes deberían sostenerla.

El problema es que estos casos no se perciben como excepciones, sino como parte de un patrón. Para una buena parte de la ciudadanía, la política ha dejado de ser una vocación de servicio para convertirse en un espacio donde el poder protege al poder. Cuando esto ocurre, la indignación inicial se transforma en resignación, y la resignación en cinismo. La gente deja de exigir porque asume que nada cambiará. Y ese es quizás el mayor riesgo: no la corrupción en sí misma, sino la pérdida de la capacidad colectiva de escandalizarnos frente a ella.

En este contexto, promesas como la de limpiar de corrupción a un partido político suenan, por decir lo menos, insuficientes. No porque la intención sea irrelevante, sino porque la experiencia ha demostrado que los discursos suelen ir por un lado y los hechos por otro. Cuando las sanciones no llegan, cuando las investigaciones no avanzan o cuando la defensa política se impone sobre la rendición de cuentas, el mensaje es claro: la ética es opcional. Y en política, la ética no puede ser una elección, debe ser una condición indispensable para ejercer el poder.

Pero sería un error pensar que este problema pertenece a un solo partido. La historia reciente del país muestra que la corrupción ha sido un mal transversal. En distintos momentos, distintos colores han protagonizado escándalos similares, y en todos los casos se repite el mismo patrón: la corrupción es condenable cuando es del adversario, pero justificable —o al menos tolerable— cuando es propia. Esta doble moral no sólo debilita a los partidos, sino que vacía de contenido a la competencia democrática, convirtiéndola en una disputa de narrativas más que de principios.

Definitivamente, amigo radioescucha, lo que está en juego no es la reputación de un político o de un partido, sino la calidad misma de nuestra democracia. Quienes ocupan cargos públicos deben entender que su conducta tiene un efecto multiplicador: cada acto de integridad fortalece al sistema, pero cada acto de corrupción lo deteriora profundamente. Y nosotros, como ciudadanos, no podemos permitirnos caer en la indiferencia. Exigir coherencia, transparencia y legalidad no es un acto de ingenuidad, es una responsabilidad cívica. Porque si dejamos de creer que la política puede ser mejor, entonces sí, la corrupción habrá ganado mucho más que una batalla: habrá ganado la narrativa completa.



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