Los resultados de PISA 2025 vuelven a colocar frente a México una realidad que no admite complacencias. Nuestro país ocupó el lugar 37 de los 38 miembros de la OCDE evaluados, con un promedio de 403 puntos frente a los 469 del conjunto de la organización. Estamos en el penúltimo sitio en Ciencias y Comprensión Lectora, en el antepenúltimo en Matemáticas y entre los últimos también en Pensamiento Computacional. Más preocupante todavía: la mitad de los estudiantes mexicanos no alcanza siquiera el nivel básico en Ciencias y apenas uno de cada 200 llega a los niveles más altos de desempeño.
La pregunta importante no es quién tiene la culpa, sino qué debemos hacer para cambiar esta realidad. El IMCO plantea dos medidas indispensables: recuperar una evaluación nacional estandarizada, comparable y pública que permita saber qué están aprendiendo realmente los estudiantes, y definir con claridad qué conocimientos de Matemáticas y Ciencias deben dominarse en cada grado de secundaria. México necesita una política educativa de largo plazo, sustentada en evidencia, continuidad institucional, formación docente y recursos suficientes para las escuelas.
Sería injusto depositar toda la responsabilidad sobre maestras y maestros, ya que trabajan dentro de un sistema que debe brindarles herramientas, capacitación, condiciones laborales adecuadas y objetivos pedagógicos claros. Al mismo tiempo, corresponde a los docentes asumir plenamente la trascendencia de su tarea: ningún programa educativo sustituye a un profesor capaz de despertar curiosidad, enseñar a razonar y acompañar a quien se está rezagando. Resulta alentador que ocho de cada diez estudiantes mexicanos manifiesten curiosidad por aprender y que 82 por ciento diga pedir ayuda a sus profesores cuando la necesita.
Pero la educación tampoco termina cuando suena el timbre de salida. Las familias tienen una responsabilidad decisiva en la formación de hábitos, disciplina, lectura, autonomía y valoración del conocimiento. Los propios estudiantes deben comprender que aprender exige esfuerzo, constancia y responsabilidad personal. PISA revela precisamente una debilidad que merece atención: apenas 37 por ciento de los jóvenes mexicanos planifica cómo abordar sus estudios y solamente 45 por ciento se formula preguntas para comprobar si realmente comprendió lo aprendido.
Definitivamente, amigo radioescucha, sacar a México de los últimos lugares de PISA no será consecuencia de una reforma milagrosa ni responsabilidad exclusiva de un secretario de Educación, de una escuela o de un maestro. Requiere autoridades capaces de medir y corregir; docentes comprometidos y respaldados; padres presentes; estudiantes dispuestos a esforzarse; y una sociedad que vuelva a colocar el aprendizaje entre sus prioridades. Los resultados son preocupantes, pero también muestran que nuestros jóvenes conservan curiosidad y disposición para aprender. Partamos de allí para revertir la tragedia educativa que parece perpetuarse.