Entre la fiesta mundialista y las batallas de todos los días

 

Este jueves se inaugura la Copa Mundial de Futbol 2026 y millones de personas volverán a experimentar esa emoción colectiva que solo el deporte es capaz de generar. México abre su participación frente a Sudáfrica y, por unas horas, las conversaciones girarán alrededor de alineaciones, pronósticos y goles. No es poca cosa. El futbol tiene la capacidad de reunir a familias, amigos y comunidades enteras alrededor de una misma pasión. Más aún cuando nuestro país es anfitrión de una justa histórica junto con Estados Unidos y Canadá. La fiesta merece disfrutarse y celebrarse. Sin embargo, conviene recordar que, mientras la atención del mundo se concentra en los estadios, la realidad cotidiana sigue su curso y las preocupaciones nacionales no se toman vacaciones.

De hecho, el silbatazo inicial encuentra a los tres países anfitriones inmersos en una compleja negociación comercial que definirá buena parte de su futuro económico. La revisión del T-MEC ocurre en medio de tensiones políticas, amenazas arancelarias y disputas sobre competitividad regional. Lo que se acuerde o se deje de acordar en esas mesas tendrá efectos mucho más duraderos sobre el empleo, la inversión y el bienestar de millones de personas que cualquier resultado deportivo. Paradójicamente, mientras los gobiernos celebran juntos la organización del Mundial, también libran una batalla silenciosa para defender sus intereses nacionales. Esa es una competencia que no aparece en las transmisiones televisivas, pero cuyos resultados impactarán directamente la vida de los ciudadanos.

Tampoco puede ignorarse la disputa que hoy ocupa las calles de la capital del país. Diversas organizaciones sociales, encabezadas por sectores del magisterio agrupados en la CNTE, han convocado movilizaciones coincidiendo con la inauguración del torneo para visibilizar sus demandas. Maestros, pensionados, campesinos, trabajadores de la salud, transportistas y colectivos ciudadanos buscan aprovechar los reflectores internacionales para hacer escuchar sus reclamos. La coincidencia resulta simbólica: mientras dentro de los estadios se celebra una competencia deportiva, fuera de ellos continúan las disputas sociales y políticas que reflejan los desafíos pendientes del país. El Mundial puede atraer la atención global, pero no tiene la capacidad de suspender los problemas que siguen esperando soluciones.

A nivel local también aparecen contrastes reveladores. Mucho se habla de la derrama económica que generará el torneo, pero no todos podrán participar de ella. En la Comarca, algunos restauranteros han decidido renunciar a transmitir los partidos debido a los elevados costos asociados a los derechos de transmisión y otros requisitos legales. Empresarios del sector estimó que la inversión necesaria podría rondar los cien mil pesos, una cantidad difícil de absorber para numerosos negocios medianos y pequeños. Así, una celebración que debería convertirse en oportunidad para la economía local termina dejando fuera a muchos de quienes generan empleo y actividad económica todos los días. La promesa de prosperidad no siempre llega por igual a todos los participantes.

Definitivamente, amigo radioescucha, el Mundial merece ser disfrutado. El futbol, como se suele decir, es lo más importante de las cosas menos importantes. Nos ofrece momentos de alegría compartida, identidad colectiva y esperanza. Pero sería un error permitir que la emoción deportiva nos haga olvidar las batallas que continúan desarrollándose fuera de la cancha: la del empleo, la seguridad, la educación, el crecimiento económico, la participación ciudadana y la construcción de un país más justo. Celebremos los goles, alentemos a nuestra selección y disfrutemos la fiesta. Pero cuando termine cada partido, conviene recordar que el marcador que más importa sigue escribiéndose todos los días en la realidad que compartimos.



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