El Instituto Electoral de Coahuila avanzó en la integración del próximo Congreso local al aprobar el cómputo estatal y asignar las diputaciones de representación proporcional derivadas de la elección del pasado 7 de junio. Después del triunfo del PRI y su alianza con la UDC en los 16 distritos de mayoría relativa, correspondía distribuir las nueve curules plurinominales para equilibrar, dentro de los márgenes legales, la composición del Legislativo. De acuerdo con la asignación conocida, Morena obtendría cinco espacios, mientras que PRI, UDC, PT y Nuevas Ideas alcanzarían una diputación cada uno por esta vía. Así, la nueva Legislatura no sólo reflejará quién ganó territorialmente la elección, sino también qué respaldo ciudadano recibieron otras fuerzas políticas en las urnas. Esa es, precisamente, la razón de ser de las diputaciones plurinominales.
Conviene recordarlo porque, cada cierto tiempo, crecen las voces que piden desaparecer a los llamados “pluris”, como si fueran una anomalía democrática. El principal argumento en su contra es conocido: no son electos por voto directo en un distrito, sino mediante listas registradas previamente por los partidos. También se señala, con razón en algunos casos, que esas listas suelen reservarse para dirigentes, operadores cercanos a las cúpulas o personajes premiados por su lealtad partidista. Esa crítica no debe minimizarse. La representación proporcional puede convertirse en refugio de cuotas, favores y acuerdos internos poco transparentes. Pero de allí no se sigue, automáticamente, que el mecanismo sea inútil o antidemocrático. Una cosa es corregir sus abusos y otra muy distinta eliminar una vía que permite pluralidad.
La representación proporcional existe para que el Congreso no sea una fotografía distorsionada de la voluntad ciudadana. Si una fuerza gana todos los distritos, pero otras opciones reúnen miles o cientos de miles de votos, esos ciudadanos también merecen voz legislativa. Sin los plurinominales, una mayoría territorial podría convertirse en una mayoría absoluta sin contrapesos, aunque una parte importante de la sociedad haya votado por alternativas distintas. En Coahuila, donde el PRI confirmó su hegemonía electoral, las diputaciones plurinominales serán una vía para que Morena, PT, UDC y Nuevas Ideas participen en la deliberación pública. Tal vez no modifiquen por sí solas la correlación de fuerzas, pero sí pueden abrir espacios de vigilancia, debate, negociación y contraste.
Además, sería injusto juzgar a todos los legisladores plurinominales bajo el mismo prejuicio. En muchas legislaturas, quienes llegan por esa vía aportan experiencia parlamentaria, conocimiento técnico, memoria institucional y capacidad de acuerdo. No pocas iniciativas relevantes han nacido de diputadas y diputados que no ganaron un distrito, pero sí entendieron el trabajo legislativo con seriedad. El problema, entonces, no es la existencia de los pluris, sino la calidad de las listas, la transparencia con la que se integran y la exigencia pública sobre su desempeño. En lugar de desaparecerlos, habría que obligar a los partidos a justificar mejor sus postulaciones, abrir sus procesos internos y evaluar, uno por uno, quién llega, para qué llega y qué aporta.
Definitivamente, amigo radioescucha, la democracia no se agota en ganar elecciones; también exige representar la diversidad de una comunidad. Las diputaciones plurinominales pueden ser cuestionadas, reformadas y vigiladas, pero no conviene despacharlas con ligereza. Si se convierten en premio para incondicionales, deben ser señaladas. Si sirven para llevar al Congreso experiencia, pluralidad y capacidad de diálogo, deben ser defendidas. Lo que Coahuila necesita no es menos representación, sino mejor representación; no menos voces, sino voces más responsables; no legisladores cómodos, sino legisladores útiles. La próxima Legislatura tendrá una mayoría muy clara, pero también tendrá minorías con derecho y obligación de trabajar. Ahora tocará ver si cada curul, de mayoría o plurinominal, está a la altura de lo que la ciudadanía merece.