Regresar a clases: educar para convivir en tiempos de frío y polarización

 

Hoy lunes, miles de niñas, niños y jóvenes regresan a las aulas en Coahuila y Durango. Para muchos la preocupación se ha concentrado, casi de manera exclusiva, en las bajas temperaturas que acompañan el retorno a clases. Sin restar importancia a los cuidados ante el frío —que son necesarios y urgentes—, vale la pena preguntarnos si no estamos dejando fuera lo esencial. El regreso a clases no es solo un asunto logístico ni meteorológico; es un momento clave para reflexionar sobre el papel que juega la educación en la vida individual y colectiva de nuestra región, especialmente en un contexto social marcado por la incertidumbre, la desinformación y una creciente polarización que atraviesa a México y al mundo.

La educación, cada vez más, no puede reducirse a la transmisión de contenidos técnicos o a la acumulación de habilidades útiles para el mercado laboral. Por supuesto que esas competencias importan, y mucho, en una economía que cambia aceleradamente. Pero educar también significa formar personas capaces de convivir, dialogar, disentir sin violencia y asumir responsabilidades frente a los otros. En tiempos donde el ruido sustituye al argumento y donde las redes sociales premian la indignación inmediata, la escuela sigue siendo uno de los pocos espacios donde se pueden aprender —y practicar— hábitos básicos para la vida democrática: escuchar, respetar reglas comunes, pensar críticamente y reconocer la dignidad del otro, incluso cuando piensa distinto.

Con frecuencia se habla de educación “pública” y “privada” como si la diferencia principal fuera el origen del financiamiento o la colegiatura. Sin embargo, lo verdaderamente público de la educación no reside solo en quién paga la escuela, sino en su función social. La educación es pública porque produce bienes públicos: confianza, cohesión social, sentido de pertenencia y reglas compartidas para la convivencia pacífica. Cuando estos elementos faltan, ninguna infraestructura ni tecnología educativa alcanza para sostener una comunidad próspera.

El regreso a clases también interpela a madres, padres y cuidadores. No basta con llevar a los hijos a la escuela y esperar resultados automáticos. La formación democrática se refuerza —o se debilita— en casa, en la manera en que se habla del otro, de la autoridad, de la ley y de los conflictos cotidianos. Si en el hogar se normaliza el insulto, la trampa o la descalificación, la escuela lucha cuesta arriba. Por el contrario, cuando familia y escuela comparten mínimos éticos, el aprendizaje se potencia. En una región como la nuestra, con desafíos sociales y económicos evidentes, esa alianza es más necesaria que nunca.

Definitivamente, amigo radioescucha, el frío de estos días pasará, como pasan todos los frentes fríos. Lo que permanece es la tarea de educar mejor, no solo para aprobar exámenes, sino para vivir juntos en un mundo complejo y dividido. El regreso a clases debería ser una invitación a mirar la educación con mayor profundidad y responsabilidad colectiva. Porque de lo que se aprende —y se deja de aprender— en las aulas, depende en buena medida la calidad de la convivencia, la fortaleza de nuestra democracia y el futuro de La Laguna que queremos construir entre todos.



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