¿Renacer o agonía? El PRI ante su hora decisiva

 

El PRI  atraviesa uno de esos momentos que, vistos a la distancia, suelen marcar épocas. Para algunos analistas, fuera de Coahuila —donde el partido mantiene una condición claramente hegemónica— el PRI se desmorona lenta pero consistentemente, perdiendo presencia territorial, militancia y credibilidad. Para otros, en cambio, el tricolor estaría viviendo una suerte de «tercer aire», tras haber sobrevivido al colapso electoral del 2000 y, luego, a la de 2018, con la migración masiva de cuadros hacia Morena. Ambas lecturas conviven y reflejan una verdad incómoda: el PRI no termina de desaparecer, pero tampoco logra reconstruirse con claridad, quedando atrapado en una ambigüedad que confunde a simpatizantes, adversarios y al electorado en general.

En ese contexto, la figura de Alejandro “Alito” Moreno se ha vuelto central. Para bien o para mal, su dirigencia ha colocado nuevamente al PRI en el centro de la discusión pública, proyectándolo como un partido que asume una oposición frontal frente a Morena. Su tono confrontativo, sus discursos duros y su presencia constante en el debate nacional han devuelto visibilidad a un partido que parecía condenado a la irrelevancia. Sin embargo, ese protagonismo también genera resistencias internas y externas, pues Alito carga con una imagen altamente polarizante y con señalamientos que erosionan la narrativa de renovación. Así, el PRI aparece activo, ruidoso y beligerante, pero al mismo tiempo cuestionado, sin lograr todavía convencer de que ese ruido se traduzca en una alternativa política creíble.

A estas tensiones se suman las persistentes sospechas sobre la relación entre el PRI y Morena. Votaciones coincidentes, acuerdos legislativos puntuales y gestos de pragmatismo político han alimentado la idea de que, más allá del discurso, existen entendimientos no declarados entre ambos partidos. De ahí que la dirigencia priista haya tenido que salir reiteradamente a negar cualquier pacto político con el partido en el poder, aclarando que las coincidencias responden —según su versión— a intereses legislativos específicos y no a alianzas de fondo. No obstante, en un país marcado por la desconfianza hacia la clase política, estas explicaciones rara vez resultan suficientes. El costo es alto: cada duda que no se disipa termina debilitando la credibilidad de un PRI que intenta presentarse como oposición auténtica.

La ruptura de la alianza con el PAN abre, además, un escenario decisivo. Sin ese respaldo, el PRI está obligado a demostrar que puede subsistir y crecer por cuenta propia, algo que no ha logrado hacer con claridad en los últimos años. Aquí se juega buena parte de su futuro: o consigue reconstruir una identidad propia, atraer nuevos liderazgos y conectar con un electorado desencantado, o confirma su declive como fuerza nacional relevante. El reto es enorme, porque la imagen del partido arrastra un historial profundamente cuestionado por prácticas autoritarias, corrupción y abusos de poder. Intentar reposicionarse sin asumir con seriedad ese pasado puede resultar insuficiente para una ciudadanía cada vez más crítica y menos dispuesta a olvidar.

Definitivamente, amigo radioescucha, el PRI enfrenta una prueba de fondo que va mucho más allá de discursos o liderazgos individuales. Su intento de empujar la narrativa de que los “indeseables” se fueron a Morena y que los honestos se quedaron plantea una pregunta clave: ¿alcanzará el relato para mover al electorado? No deja de ser paradójico que muchas de las figuras más prominentes del partido gobernante provengan precisamente del PRI, lo que debilita ese argumento ante la opinión pública. El desafío está en demostrar con hechos —no solo con palabras— que existe una diferencia real. Si no lo logra, el riesgo es claro: quedar atrapado entre la nostalgia del pasado y la imposibilidad de construir un futuro político viable.



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